La Pandemia no tiene la culpa

      


Señor director de Norte: 

Dijo el papa en su mensaje a la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura: «La pandemia ha puesto en crisis..., e incluso la práctica religiosa y la participación en los sacramentos….” 

Señor director, pasamos dos años de confinamiento, de desamor, de abandono en muchos casos de hermanos en geriátricos y hospitales, solos esperando el día, la hora de un final penoso sin siquiera tener el intercambio amoroso de una mirada o la paz tan ansiada de un sacerdote para ese momento en que alma pide a gritos su alimento que sabe único para su salvación. 

Pues ahora, el papa le hecha la culpa a la pandemia; por cierto una expresión inverosímil más que nos llega desde Roma en un espíritu de real confusión. 

Es cierto que hay una crisis en la iglesia que influye en los fieles y sacerdotes , y que la pandemia ha reavivado con las decisiones anticristianas que se tomaron cerrando las iglesias y privándonos de los sacramentos cuando hubiera sido la gran oportunidad de acercar más almas a Dios. 

Esta pandemia vino a rebasar el vaso; la pandemia sacó a flote los enemigos de la Verdad que son los enemigos de Cristo. Se ahondó más en la llaga de Nuestro Señor. 

Vivimos la cuarentena más larga y agravada, lamentablemente, por la docilidad de la jerarquía de la iglesia, empezando por el mismo Obispo de Roma, para aceptar el cierre de las iglesias dejando a los fieles sin sacramentos y a Dios nuestro Señor sin el sacrificio de gloria y alabanza que le son debido. 

No hubo ninguna muestra de peticionar respetuosamente a las autoridades una mínima posibilidad de apertura para la celebración del culto a Dios. El clero enmudeció y cuando habló no lo hizo en beneficio de la feligresía, al contrario fue para aceptar nuevas medidas. 

Todavía viene a la memoria aquella imagen de desolación y tristeza de un Triduo Pascual, prácticamente en tinieblas, impuesto por el Obispo de Roma al cerrar el Vaticano. 

A casi dos años de aquel día tenebroso y mal ejemplo para la Iglesia y con los templos abiertos podríamos pensar que todo ha vuelto a la normalidad. Pues sí, señor director, podríamos hablar de una normalidad pero con el resabio de un tiempo que obligadamente hemos vivido en la ausencia del servicio a Dios. 

Los mismos pastores que abandonaron a sus ovejas regresaron al culto público instalando como prevención de contagio la imposición de la comunión en la mano y en muchos casos con la denigración por parte de algunos sacerdotes frente al fiel que quiere honrar y adorar a Dios de rodillas y en la boca. Son muchos los ejemplos de desacralización del Cuerpo de Cristo, desde transformar el momento de la comunión en un “fast food” donde el fiel se sirve la Sagrada Forma como si fuera una comida cualquiera hasta lo novedoso del sacerdote de acercarse y recorrer por los bancos donde cada fiel extiende la mano (misa transmitida por TV). De allí que muchos fieles se manifestaron en contra de la tremenda desacralización impuesta, y buscaron, y encontraron el lugar adecuado para responder a un Cristo Vivo con decoro, obediencia y reverencia. 

De nada puede, el papa, culpar a la pandemia cuando la jerarquía de la iglesia y el clero decidieron quedarse en la comodidad a la espera de que amaine la tormenta; la crisis de la práctica religiosa y participación en los sacramentos no tiene nada que ver con la pandemia, no busquemos culpables donde no los hay; su Santidad como pastor y custodio de la fe que le confiere ocupar la silla de Pedro es el responsable; muy pocos sacerdotes valientes continuaron dando la comunión en la boca, aunque algunos más tarde claudicaron. 

Señor director: aquí la cosa es sencilla, para nada complicada; solamente hay que reconocer los errores y dar un giro a la barca para avanzar con el viento a favor. 

La crisis no es de ahora sino desde hace muchos años cuando el clero accedió entre otras cosas a una reforma litúrgica con la excusa de motivar a la participación y el crecimiento de la feligresía, mas es harto evidente, al día de hoy, que el fruto obtenido no es para nada bueno ya que los abusos litúrgicos se siguen manisfestando tanto en pastores como en los fieles. 

Recordemos el seminario Santa María Madre de Dios de San Rafael, Mendoza, cuyos seminaristas se opusieron a la comunión en la mano y que las voces que llegaron de Roma fueron para cerrar dicho seminario sin dar razón alguna; claramente esta actitud, dejó evidencia de una aversión hacia lo más sagrado que tenemos como hijos de Dios. 

 Y finalizando, no hace mucho el papa agregó una “cereza” más a su ministerio con el tan comentado Motu Proprio «Traditionis Custodes» que lo que menos tiene es de custodiar la tradición; al contrario, instala una grieta en el seno de la iglesia que no redunda en el bien común pues divide aunque él hable de unir; la tradición es la raíz de la Iglesia, desconocerla es desconocer al mismo Cristo. 

Pero nada queda en el olvido, tarde o temprano el Señor reclamará pues nadie se burla de Dios. ¿Es la pandemia, entonces, la que ha puesto en crisis la práctica religiosa y la participación de los sacramentos como lo expresó el papa? 

No hace falta pensarlo, la respuesta está en hacerse cargo del error, y eso es lo que más cuesta, hay que deshacerse del orgullo.

Clara María González 
Resistencia, 2 de Diciembre de 2021
Cartas al Diario Norte