Ayer leí el mensaje de la Virgen de La Sallete y puse de manifiesto que, a pesar de todo, existen quizá algunas semejanzas con la obra deseada por la Santísima Virgen: la obra sacerdotal y nuestra Fraternidad. En cualquier caso, las circunstancias de las que habla la Santísima Virgen en su mensaje parecen concretarse alrededor de nosotros, circunstancias trágicas, la pérdida de la fe, la corrupción de las costumbres, la corrupción de los sacerdotes. Ella lo dice en su mensaje un poco antes: “Los sacerdotes serán cloacas de impureza”.
De allí la necesidad que tenemos de concretar este ideal de contar con seminarios, seminarios fundados en la Tradición, enraizados en la fidelidad a la Iglesia de siempre. Evidentemente, íbamos a tener dificultades, y nos vinieron dificultades.
Era necesario, pues, que nos preguntásemos: ¿Qué actitud tomaremos respecto a Roma, a la Iglesia? Existen, por cierto, varias actitudes posibles. Entre quienes han querido mantener la Tradición los hay quienes, de hecho, han seguido caminos distintos a los nuestros. Se podía romper definitivamente con Roma y considerar que en Roma ya no hay más nada, se terminó, y que se los ha llamado “sedevacantistas”. Ésta era, evidentemente, una solución tentadora; simple, en definitiva; si ya no hay nada en Roma, libres estamos de todas las ataduras y hacemos lo que queremos. Otros, en cambio, quisieron obedecer a Roma; obedecer a Roma porque no se puede –por decirlo así- desobedecer a Roma, conservando sin embargo todo lo que se puede conservar como Tradición, manteniéndose en la obediencia a Roma. Es una posición incómoda porque Roma está contra la Tradición desde el Concilio, y quiere hacer desaparecer los rastros de la Tradición. Es difícil querer, a la vez, guardar la Tradición y obedecer a Roma.
En todo caso, es una situación ambigua; se vive en la ambigüedad. Había también una tercera posición, consistente en desobedecer para obedecer. Desobedecer a Roma, no decir que Roma ya no existe (se supone que Roma sigue existiendo). Se actúa como si el Papa continuase siendo el sucesor de Pedro, pero desobedeciéndolo, porque el Papa y la Curia Romana nos invitan a desobedecer a la Tradición. No queremos desobedecer a la Tradición porque no queremos desobedecer a la Iglesia, desobedecer a veinte siglos de Iglesia, lo cual implica separarse de la Iglesia, es consumar una ruptura con la Iglesia. Y nosotros no queremos hacer una ruptura con la Iglesia. Así, pues, nosotros queremos obedecer a veinte siglos de Iglesia, y por ese mismo hecho, tener dificultades con la Roma moderna, la Roma hecha por estos modernistas y estos liberales.
Eso nos sitúa, a pesar de todo, en una posición relativamente clara; porque desde el punto de vista de las ideas, nosotros nos apegamos a las ideas de siempre; no tenemos que hacer más que aquello que la Iglesia siempre ha hecho, siempre ha enseñado; conformarnos a lo que la Iglesia ha enseñado, y en la medida en que los hombres de Iglesia, aquellos que deberían enseñar la Tradición, se alejan de la Tradición… y bien… nos alejamos de tales hombres.
La fe es nuestra regla, la cual está por encima de la obediencia; la primera obediencia es la obediencia de la fe. Esta fe está por encima de los hombres que tienen el deber de darnos la fe. Así, pues, es sencillo como posición. Evidentemente, nosotros nos encomendamos en las antípodas de aquellos que destruyen la fe. Nosotros tendremos un doble combate: habrá un combate contra los errores y el combate con aquellos que están a favor de estos errores. Es difícil estar contra los errores y no estar contra los hombres que lo defienden. Por eso esta fácil para los que nos atacaban decir: “Ustedes combaten a Roma, por tanto, están contra Roma, en consecuencia, están contra el Papa, y por ende, contra el Concilio; y así, están fuera de la Iglesia”. Se trata de comentarios totalmente comprensibles, absolutamente fáciles de hacer, pero falsos. Eso implica que Roma no se equivoca en nada, lo cual es falso.
Así estamos. Con todo, nuestro papel consiste en combatir los errores, y en oponernos y en desobedecer a estas personas que difunden los errores. Esto no impide que se pueda intentar guardar un contacto con estas personas para tratar de convertirlas, para intentar que vuelvan a la Tradición. Éste es un cometido quizá muy presuntuoso, quizá muy difícil, pero es –con todo- lo que Dios nos pide. Incluso, si es debido, “¡Ustedes van a convertir a sus superiores!”.
Pero… ¿Qué quieren? Si es notorio que están en el error, si es claro, se oponen a lo que los otros han enseñado. Vamos los dos textos. El texto que nos es dado hoy y el texto que nos fue dado antes, que se le opone totalmente ¿A cuál obedecer? ¿Al de antaño o al de hoy? No podemos obedecer a los dos, es contradictorio. Es lo que dije al Papa Pablo VI cuando lo visité en Castelgandolfo: “Santísimo Padre, estamos en una situación increíble; estamos obligados a desobedecerlo para obedecer a vuestros predecesores. ¡Póngase en nuestro lugar, una situación imposible! ¡Vea en qué situación están los fieles! Hay una contradicción entre la que enseña el Concilio y Quanta Cura de Pio IX”. “Oh.. Aquí no tenemos tiempo de hacer teología”. Fácil como respuesta, pero no es una respuesta; es grave.
Por eso estamos aquí y estaremos siempre aquí. Pero mantener contacto con Roma era una empresa muy delicada, muy difícil porque al mismo tiempo que los criticamos, al mismo tiempo tenemos que tener contactos con ellos, visitarlos al menos de tanto a tanto, al menos a los representantes del Papa. Y bien… Dios permitió que esto tenga lugar, que guardemos un vínculo con Roma, y que al mismo tiempo los critiquemos sin miedos (…)
El verdadero retorno a la Tradición de toda la Cristiandad no tendrá lugar sino con la ayuda de Roma. Podemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, y ciertamente lo hacemos para que se reinstale la Tradición. Pero es preciso que sea Roma la que termine por retomar con sus propias manos la Tradición. No puede suceder de otra manera. Por otra parte, si nuestra obra no parece que actualmente tenga la fuerza suficiente en relación a Roma, para que Roma ceda a nuestras exigencias, ceda a nuestros pedidos y rechace aceptar; concedernos la libertad sin contrapartidas… ahí está el problema. Porque es muy probable que si nos conceden todo lo que pedimos, van a decir: “Les concedemos y reconocemos todo lo que hacen; reconozcan también lo que nosotros hacemos”, cediendo y cediendo… eso parece muy lógico, evidentemente, pero para nosotros es absolutamente imposible, dado que hemos elegido la Tradición y porque estamos fundados en la Tradición contra lo que ellos hacen. No es que lo ignoramos, estamos en contra, porque rechazamos absolutamente sus errores, el modernismo, el liberalismo.
Esto es lo que no terminan de comprender quienes están, como lo que recién decía, en la ambigüedad, como los Dom Augustín y Dom Farjeau, y los que así mismos se llaman “tradicionalistas” y que obedecen; esos que aceptan en general (la mayoría de los grupos “Una Voce” aceptan los dos) los errores, la verdad. Eso no es posible. La verdad está por sí misma contra el error, la luz contra las tinieblas. No se pueden aceptar las dos cosas, no es posible. Es una postura inverosímil. Nosotros no podemos. Si nosotros, justamente, vemos en las conversaciones que establecemos con Roma, de aquí a poco tiempo (sin duda)… Ustedes saben que son cosas que llevan semanas…
Y bien, si Roma quiere imponer de un modo o de otro, subrepticia o claramente, su propia visión diciendo “se reconoce a los vuestros, acepten los nuestros”, eso está fuera de discusión. Y si en modo alguno quieren cambiar, abandonar tales pretensiones, nos iremos de nuevo, continuaremos como lo hemos hecho siempre, es todo. Esperaremos los días de la Providencia, días mejores, es todo. Continuaremos ¿no es verdad? Estamos en una encrucijada. ¿Qué sucederá en Roma? ¿Aceptarán? ¿Ser exigentes, no ser exigentes? No lo sabemos. ¡No podemos saberlo por anticipado!
De allí la necesidad que tenemos de concretar este ideal de contar con seminarios, seminarios fundados en la Tradición, enraizados en la fidelidad a la Iglesia de siempre. Evidentemente, íbamos a tener dificultades, y nos vinieron dificultades.
Era necesario, pues, que nos preguntásemos: ¿Qué actitud tomaremos respecto a Roma, a la Iglesia? Existen, por cierto, varias actitudes posibles. Entre quienes han querido mantener la Tradición los hay quienes, de hecho, han seguido caminos distintos a los nuestros. Se podía romper definitivamente con Roma y considerar que en Roma ya no hay más nada, se terminó, y que se los ha llamado “sedevacantistas”. Ésta era, evidentemente, una solución tentadora; simple, en definitiva; si ya no hay nada en Roma, libres estamos de todas las ataduras y hacemos lo que queremos. Otros, en cambio, quisieron obedecer a Roma; obedecer a Roma porque no se puede –por decirlo así- desobedecer a Roma, conservando sin embargo todo lo que se puede conservar como Tradición, manteniéndose en la obediencia a Roma. Es una posición incómoda porque Roma está contra la Tradición desde el Concilio, y quiere hacer desaparecer los rastros de la Tradición. Es difícil querer, a la vez, guardar la Tradición y obedecer a Roma.
En todo caso, es una situación ambigua; se vive en la ambigüedad. Había también una tercera posición, consistente en desobedecer para obedecer. Desobedecer a Roma, no decir que Roma ya no existe (se supone que Roma sigue existiendo). Se actúa como si el Papa continuase siendo el sucesor de Pedro, pero desobedeciéndolo, porque el Papa y la Curia Romana nos invitan a desobedecer a la Tradición. No queremos desobedecer a la Tradición porque no queremos desobedecer a la Iglesia, desobedecer a veinte siglos de Iglesia, lo cual implica separarse de la Iglesia, es consumar una ruptura con la Iglesia. Y nosotros no queremos hacer una ruptura con la Iglesia. Así, pues, nosotros queremos obedecer a veinte siglos de Iglesia, y por ese mismo hecho, tener dificultades con la Roma moderna, la Roma hecha por estos modernistas y estos liberales.
Eso nos sitúa, a pesar de todo, en una posición relativamente clara; porque desde el punto de vista de las ideas, nosotros nos apegamos a las ideas de siempre; no tenemos que hacer más que aquello que la Iglesia siempre ha hecho, siempre ha enseñado; conformarnos a lo que la Iglesia ha enseñado, y en la medida en que los hombres de Iglesia, aquellos que deberían enseñar la Tradición, se alejan de la Tradición… y bien… nos alejamos de tales hombres.
La fe es nuestra regla, la cual está por encima de la obediencia; la primera obediencia es la obediencia de la fe. Esta fe está por encima de los hombres que tienen el deber de darnos la fe. Así, pues, es sencillo como posición. Evidentemente, nosotros nos encomendamos en las antípodas de aquellos que destruyen la fe. Nosotros tendremos un doble combate: habrá un combate contra los errores y el combate con aquellos que están a favor de estos errores. Es difícil estar contra los errores y no estar contra los hombres que lo defienden. Por eso esta fácil para los que nos atacaban decir: “Ustedes combaten a Roma, por tanto, están contra Roma, en consecuencia, están contra el Papa, y por ende, contra el Concilio; y así, están fuera de la Iglesia”. Se trata de comentarios totalmente comprensibles, absolutamente fáciles de hacer, pero falsos. Eso implica que Roma no se equivoca en nada, lo cual es falso.
Así estamos. Con todo, nuestro papel consiste en combatir los errores, y en oponernos y en desobedecer a estas personas que difunden los errores. Esto no impide que se pueda intentar guardar un contacto con estas personas para tratar de convertirlas, para intentar que vuelvan a la Tradición. Éste es un cometido quizá muy presuntuoso, quizá muy difícil, pero es –con todo- lo que Dios nos pide. Incluso, si es debido, “¡Ustedes van a convertir a sus superiores!”.
Pero… ¿Qué quieren? Si es notorio que están en el error, si es claro, se oponen a lo que los otros han enseñado. Vamos los dos textos. El texto que nos es dado hoy y el texto que nos fue dado antes, que se le opone totalmente ¿A cuál obedecer? ¿Al de antaño o al de hoy? No podemos obedecer a los dos, es contradictorio. Es lo que dije al Papa Pablo VI cuando lo visité en Castelgandolfo: “Santísimo Padre, estamos en una situación increíble; estamos obligados a desobedecerlo para obedecer a vuestros predecesores. ¡Póngase en nuestro lugar, una situación imposible! ¡Vea en qué situación están los fieles! Hay una contradicción entre la que enseña el Concilio y Quanta Cura de Pio IX”. “Oh.. Aquí no tenemos tiempo de hacer teología”. Fácil como respuesta, pero no es una respuesta; es grave.
Por eso estamos aquí y estaremos siempre aquí. Pero mantener contacto con Roma era una empresa muy delicada, muy difícil porque al mismo tiempo que los criticamos, al mismo tiempo tenemos que tener contactos con ellos, visitarlos al menos de tanto a tanto, al menos a los representantes del Papa. Y bien… Dios permitió que esto tenga lugar, que guardemos un vínculo con Roma, y que al mismo tiempo los critiquemos sin miedos (…)
El verdadero retorno a la Tradición de toda la Cristiandad no tendrá lugar sino con la ayuda de Roma. Podemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, y ciertamente lo hacemos para que se reinstale la Tradición. Pero es preciso que sea Roma la que termine por retomar con sus propias manos la Tradición. No puede suceder de otra manera. Por otra parte, si nuestra obra no parece que actualmente tenga la fuerza suficiente en relación a Roma, para que Roma ceda a nuestras exigencias, ceda a nuestros pedidos y rechace aceptar; concedernos la libertad sin contrapartidas… ahí está el problema. Porque es muy probable que si nos conceden todo lo que pedimos, van a decir: “Les concedemos y reconocemos todo lo que hacen; reconozcan también lo que nosotros hacemos”, cediendo y cediendo… eso parece muy lógico, evidentemente, pero para nosotros es absolutamente imposible, dado que hemos elegido la Tradición y porque estamos fundados en la Tradición contra lo que ellos hacen. No es que lo ignoramos, estamos en contra, porque rechazamos absolutamente sus errores, el modernismo, el liberalismo.
Esto es lo que no terminan de comprender quienes están, como lo que recién decía, en la ambigüedad, como los Dom Augustín y Dom Farjeau, y los que así mismos se llaman “tradicionalistas” y que obedecen; esos que aceptan en general (la mayoría de los grupos “Una Voce” aceptan los dos) los errores, la verdad. Eso no es posible. La verdad está por sí misma contra el error, la luz contra las tinieblas. No se pueden aceptar las dos cosas, no es posible. Es una postura inverosímil. Nosotros no podemos. Si nosotros, justamente, vemos en las conversaciones que establecemos con Roma, de aquí a poco tiempo (sin duda)… Ustedes saben que son cosas que llevan semanas…
Y bien, si Roma quiere imponer de un modo o de otro, subrepticia o claramente, su propia visión diciendo “se reconoce a los vuestros, acepten los nuestros”, eso está fuera de discusión. Y si en modo alguno quieren cambiar, abandonar tales pretensiones, nos iremos de nuevo, continuaremos como lo hemos hecho siempre, es todo. Esperaremos los días de la Providencia, días mejores, es todo. Continuaremos ¿no es verdad? Estamos en una encrucijada. ¿Qué sucederá en Roma? ¿Aceptarán? ¿Ser exigentes, no ser exigentes? No lo sabemos. ¡No podemos saberlo por anticipado!
Iesus Christus. (2009) Revista del Distrito América del Sur. Año XX, Nº 121. Enero/febrero de 2009.
