Hanc amavi et exquisivi a iuventute mea, et quaesivi sponsam mihi eam assumere.
A esta la amé y la deseé desde mi juventud, y procuré tomarla por mujer. (Sap. 8, 2)
La devoción que San Alfonso tenía hacia la Santísima Virgen era indecible. Durante toda su vida dio continuas y variadas pruebas de ello en las diferentes exequias realizadas en su honor. ¡Y la Madre divina, que nunca se deja vencer por el amor, pues supo, tanto en la vida como en la muerte, corresponder al afecto de su amado hijo! Si queremos que la Santísima Virgen sea también para nosotros una verdadera Madre, imitemos a San Alfonso y mostrémonos en nuestras obras como dignos hijos suyos.
La gran Madre de Dios es la criatura más excelsa del universo y el Señor ha decretado que por las manos de María pasen todas las gracias que quiere conferir a los hombres. En la convicción de esta verdad, San Alfonso comenzó desde la niñez a amar a la Santísima Virgen ya honrarla con especiales exequias. Cuando, sin embargo, ya desilusionado del mundo y en señal de que lo dejaba para siempre, se declaró caballero de la Reina del Cielo, poniendo su espada sobre su altar, entonces su amor por la Virgen no tuvo más límites y creció más y más durante toda su vida.
Mañana y tarde, con el rostro en tierra, ponía toda su persona, y en particular su pureza, bajo la protección de María, le besaba humildemente la mano y le pedía la bendición como un hijo a su madre, al toque del Ángelus, se arrodillaba enseguida, dondequiera que estuviese, para saludar afectuosamente a su Señora; repetía el saludo angelical cada vez que oía dar la hora en el reloj, y había prometido no negar nunca nada de lo que se le pidiera por el bien de María. En su cuarto siempre quiso tener ante sus ojos una imagen de la Madre del Buen Consejo, a la que acudía inmediatamente en cada necesidad, dándole los más cariñosos títulos. Llevaba siempre el escapulario al cuello, ya su lado llevaba el Rosario, aun siendo obispo; y nunca dejó de rezarlo, incluso más de una vez al día. Además, se preparaba para las fiestas de la Virgen con devotas novenas, ayunaba tanto la víspera como todos los sábados, y quería ser, después de Dios, el primero en amar a María, tanto en la tierra como en el cielo.
Finalmente, deseando ver a los demás amar también a la Virgen, ordenó a sus misioneros predicar siempre sobre la misericordia de María. Él mismo escribió el importante libro de las Glorias de María, con la única intención de continuar siempre, incluso después de su muerte, para promover la gloria de esta gran Reina y hacer que todos la amen. Ya que te jactas de ser hijo y devoto de San Alfonso, examínate acerca de tu devoción a María Santísima, compárala con la de tu santo Padre, y recuerda que el carácter distintivo de los verdaderos hijos del gran Doctor es precisamente la especial devoción a la Madre de Dios.
María Santísima no puede dejar de amar a los que la aman. Además, en palabras de un devoto escritor, nunca se deja vencer por el amor de sus devotos: Semper cum amantibus est amantior. Por ello, la gran Reina devolvió y se ganó el cariño de su amado hijo Alfonso, pidiéndole innumerables gracias. En primer lugar, tomó bajo su especial protección a la Congregación por él fundada, la defendió de los ataques infernales y, en vida de san Alfonso, le dio un destacado propagador en la persona de san Clemente Maríab1. Además, siempre ha bendecido y continúa bendiciendo las obras apostólicas del Santo y de sus hijos, y obtuvo de la Sabiduría increada, una ciencia tan perfecta que la Iglesia lo declaró su Doctor universal.
Finalmente, por no decir nada más, la divina Madre consoló y animó a Alfonso en todas las dificultades que le sobrevinieron a lo largo de su larga vida. Tal como se cree piadosamente, ella se le apareció y lo consoló en la suprema agonía, y aún después de la muerte del Santo, unió la devoción hacia él con la que los fieles le dedican, de tal manera que, donde se habla, en todo el mundo, bajo el título de Madre del Perpetuo Socorro, también se habla de María Alfonso.
¡Oh! ¡Cuántas gracias nos hubiera preparado también la gran Reina si nos hubiésemos mostrado dignos hijos suyos! Que el fruto de esta meditación sea, pues, imitar la devoción de Alfonso a la Madre de Dios, y para ello imploremos la ayuda del mismo Santo.
Oh fidelísimo servidor de María, san Alfonso, tú que sabes cuánto María es digna de ser honrada, servida y amada, haz que también yo comprenda un poco la sublimidad de sus virtudes para imitarlas y sus eminentes privilegios para admirar, alabar ellos y el amor. Mi santo protector, yo también quisiera honrarla como tú la has honrado, amarla como tú la has amado, alabarla como tú la has alabado, ser amado por ella como tú lo fuiste. Pero estos deseos míos son mayores que mis fuerzas; mi corazón está demasiado apegado a las criaturas para volar tan alto. Por eso recurro a ti, oh poderoso Protector; obtén para mí la gracia de honrar, servir y amar a María con todas mis fuerzas y de invocarla siempre con el título consolador de Madre del Perpetuo Socorro.
La devoción que San Alfonso tenía hacia la Santísima Virgen era indecible. Durante toda su vida dio continuas y variadas pruebas de ello en las diferentes exequias realizadas en su honor. ¡Y la Madre divina, que nunca se deja vencer por el amor, pues supo, tanto en la vida como en la muerte, corresponder al afecto de su amado hijo! Si queremos que la Santísima Virgen sea también para nosotros una verdadera Madre, imitemos a San Alfonso y mostrémonos en nuestras obras como dignos hijos suyos.
La gran Madre de Dios es la criatura más excelsa del universo y el Señor ha decretado que por las manos de María pasen todas las gracias que quiere conferir a los hombres. En la convicción de esta verdad, San Alfonso comenzó desde la niñez a amar a la Santísima Virgen ya honrarla con especiales exequias. Cuando, sin embargo, ya desilusionado del mundo y en señal de que lo dejaba para siempre, se declaró caballero de la Reina del Cielo, poniendo su espada sobre su altar, entonces su amor por la Virgen no tuvo más límites y creció más y más durante toda su vida.
Mañana y tarde, con el rostro en tierra, ponía toda su persona, y en particular su pureza, bajo la protección de María, le besaba humildemente la mano y le pedía la bendición como un hijo a su madre, al toque del Ángelus, se arrodillaba enseguida, dondequiera que estuviese, para saludar afectuosamente a su Señora; repetía el saludo angelical cada vez que oía dar la hora en el reloj, y había prometido no negar nunca nada de lo que se le pidiera por el bien de María. En su cuarto siempre quiso tener ante sus ojos una imagen de la Madre del Buen Consejo, a la que acudía inmediatamente en cada necesidad, dándole los más cariñosos títulos. Llevaba siempre el escapulario al cuello, ya su lado llevaba el Rosario, aun siendo obispo; y nunca dejó de rezarlo, incluso más de una vez al día. Además, se preparaba para las fiestas de la Virgen con devotas novenas, ayunaba tanto la víspera como todos los sábados, y quería ser, después de Dios, el primero en amar a María, tanto en la tierra como en el cielo.
Finalmente, deseando ver a los demás amar también a la Virgen, ordenó a sus misioneros predicar siempre sobre la misericordia de María. Él mismo escribió el importante libro de las Glorias de María, con la única intención de continuar siempre, incluso después de su muerte, para promover la gloria de esta gran Reina y hacer que todos la amen. Ya que te jactas de ser hijo y devoto de San Alfonso, examínate acerca de tu devoción a María Santísima, compárala con la de tu santo Padre, y recuerda que el carácter distintivo de los verdaderos hijos del gran Doctor es precisamente la especial devoción a la Madre de Dios.
María Santísima no puede dejar de amar a los que la aman. Además, en palabras de un devoto escritor, nunca se deja vencer por el amor de sus devotos: Semper cum amantibus est amantior. Por ello, la gran Reina devolvió y se ganó el cariño de su amado hijo Alfonso, pidiéndole innumerables gracias. En primer lugar, tomó bajo su especial protección a la Congregación por él fundada, la defendió de los ataques infernales y, en vida de san Alfonso, le dio un destacado propagador en la persona de san Clemente Maríab1. Además, siempre ha bendecido y continúa bendiciendo las obras apostólicas del Santo y de sus hijos, y obtuvo de la Sabiduría increada, una ciencia tan perfecta que la Iglesia lo declaró su Doctor universal.
Finalmente, por no decir nada más, la divina Madre consoló y animó a Alfonso en todas las dificultades que le sobrevinieron a lo largo de su larga vida. Tal como se cree piadosamente, ella se le apareció y lo consoló en la suprema agonía, y aún después de la muerte del Santo, unió la devoción hacia él con la que los fieles le dedican, de tal manera que, donde se habla, en todo el mundo, bajo el título de Madre del Perpetuo Socorro, también se habla de María Alfonso.
¡Oh! ¡Cuántas gracias nos hubiera preparado también la gran Reina si nos hubiésemos mostrado dignos hijos suyos! Que el fruto de esta meditación sea, pues, imitar la devoción de Alfonso a la Madre de Dios, y para ello imploremos la ayuda del mismo Santo.
Oh fidelísimo servidor de María, san Alfonso, tú que sabes cuánto María es digna de ser honrada, servida y amada, haz que también yo comprenda un poco la sublimidad de sus virtudes para imitarlas y sus eminentes privilegios para admirar, alabar ellos y el amor. Mi santo protector, yo también quisiera honrarla como tú la has honrado, amarla como tú la has amado, alabarla como tú la has alabado, ser amado por ella como tú lo fuiste. Pero estos deseos míos son mayores que mis fuerzas; mi corazón está demasiado apegado a las criaturas para volar tan alto. Por eso recurro a ti, oh poderoso Protector; obtén para mí la gracia de honrar, servir y amar a María con todas mis fuerzas y de invocarla siempre con el título consolador de Madre del Perpetuo Socorro.
Meditaciones para cada día y fiesta del año. Volumen I. Santo Afonso María de Ligorio
Notas:
1- El lector que quiera saber quién es este hijo predilecto de San Alfonso, lea en la Parte 2 de este volumen la meditación para el 15 de marzo, fiesta del Santo.