Señor director de Norte:
El Reverendo Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa es sacerdote de Madrid, gran defensor de la tradición, por tanto, celebra sólo Misa Tradicional. A la pregunta del entrevistador (prod. Agnus Dei) con claros conceptos apologéticos, reponde:
“Cuando yo me ordeno diácono, recuerdo mi primera Santa Misa en la que yo como diácono participo, y tengo un recuerdo tremendo del momento de la sagrada comunión.
Todos comulgaron de pie y en la mano, y ninguno prácticamente de los fieles lo hizo según las normas de la Iglesia; pero, es más, lo que me dejó con una herida tremenda en el corazón fue que varios fieles pusieron la mano con el móvil en la mano y con las llaves de casa.
Claro, aquello fue una experiencia tremenda, comprendí que la santidad con que yo quería vivir el sacerdocio, la Santa Misa, se enfrentaba con un choque tremendo a la realidad de la Iglesia.
Tanto mi año de diácono como mis dos primeros años de sacerdocio fue eso, como una confrontación entre lo que yo deseaba vivir, o lo que yo había leído de la tradición, la santidad que me habían transmitido los Santos Padres, las enseñanzas de la iglesia sobre lo que es el sacerdote, lo que es la santa misa y la realidad que estaba viviendo.
Esa realidad que yo había leído, que yo quería vivir en mí se encuentra con una realidad totalmente mundanizada, desacralizada; el choque fue tan grande que espiritualmente me sentí como derrotado, hundido; sentí que mi espíritu sacerdotal quedaba encarcelado sin poder salir y en esa situación el Señor me hace sentir un impulso. ¿Qué impulso siento yo en esos momentos?
Siento el deseo ferviente de usar la sotana - hasta entonces no la usaba – y a usar el latín en la misa.
Sentí que eso tenía que hacerlo como protección para no dejarme llevar por esa corriente mundana que hay, que está instalada en la Iglesia. Y qué importante fueron esos impulsos. Yo ahora sé perfectamente que sin esos impulsos que sentí de usar la sotana, de usar el latín en la misa, no los hubiera seguido, con toda seguridad hoy sería párroco en una parroquia, sin lugar a dudas, pero sería un sacerdote fracasado interiormente.
Hoy no soy párroco, pero soy el sacerdote más feliz del mundo porque fui fiel a esos impulsos. Claro, eso causó conmoción con mis compañeros sacerdotes, el verme con sotana, el usar el latín, eso fue una situación, un poco, para ellos rarísima, incluso llegó al señor obispo; pero yo seguí los impulsos, y de ahí ya me encuentro con la tradición.
El Señor me lleva a indagar y allí me encuentro con la misa tradicional. Y cuando yo la conozco, cuando yo la estudio, estudio los textos, estudio las rúbricas, la historia de la misa tradicional, su origen, empiezo a celebrarla y entonces siento algo maravilloso: esa cárcel donde mi espíritu estaba encerrado, desaparece y mi espíritu sacerdotal empieza a expandirse y sigue en expansión, y comprendí que esa era mi vida, que ese camino que nadie me había enseñado, que se me había ocultado, ese camino es camino de la Iglesia, es para mí, el camino de la Iglesia, santo y que a mí, me está llevando y me llevará a la santidad.
Como he dicho en ese primer año de diácono y dos primeros años de sacerdocio, mi alma sacerdotal estaba enjaulada, estaba apresada, es decir yo vivía con un verdadero dolor mi ministerio por lo que veía en la Iglesia, por la realidad de los fieles. Hasta qué punto fue esto así, que cuando tenía que celebrar algún bautizo o un sacramento del matrimonio, ya al saberlo estaba inquieto y prácticamente la noche anterior no dormía; era tal la zozobra del corazón, la inquietud de ver, de pensar lo que voy a encontrar al día siguiente, la indecencia de los fieles en la forma de vestir, la falta de respeto en la forma de comportarse, el hablar, el ruido, era un sin vivir. Esta realidad que yo vivía es la que me hizo separarme, buscar la tradición y realmente no querer vivir la vida de parroquia en esas circunstancias, porque para mí, era verdaderamente un sufrimiento, no era un vivir sacerdotal, sino era un vivir como alguien que está obligado a algo que no quiere hacer. Tal era la ofensa que yo veía que se hacía, no es que yo veía, es que se hace al Señor, que era un sin vivir para mí.
La Santa Misa Tradicional la vivo desde la más profunda intimidad de mi sarcerdocio, como lo más importante de mi vida de cada día, con un profundísimo respeto, el respeto de la realidad del sacrificio de Cristo, el respeto de encontrarme ante el Cielo que me está observando en esos momentos; ante el respeto de una realidad que me hace temblar de cómo el Señor viene a mis manos, manos pecadoras y frágiles; y desde otra óptica, desde la reparación.
Cada palabra que digo en la santa misa, cada gesto que hago, cada movimiento, lo hago en reparación por tantas y tantas ofensas que se hacen al sacrificio hoy día en la Iglesia, tantos sacrilegios, tantas faltas de respeto, tantas ofensas al sacrificio”.
Clara María González
Resistencia, 7 de febrero de 2022
Cartas al Diario Norte
